Sáhara Occidental: el preso político Naâma Asfari inicia una huelga de hambre en la cárcel de Kénitra

El preso político saharaui Naâma Asfari inicia una huelga de hambre para exigir la aplicación de las recomendaciones de la ONU sobre su detención.

Hoy, 30 de abril de 2026, el preso político saharaui Naâma Asfari, miembro del grupo de Gdeim Izik, ha iniciado una huelga de hambre de advertencia de 48 horas en la prisión central de Kénitra, en Marruecos, según ha informado la Liga para la Protección de los Presos Saharauis en las Cárceles Marroquíes.

La organización ha señalado que esta acción podría intensificarse en los próximos días. En caso de que sus reivindicaciones no sean atendidas, Asfari tiene previsto iniciar una huelga de hambre indefinida a partir del 10 de mayo.

La protesta se produce en un contexto marcado por la falta de respuesta a las recomendaciones de Naciones Unidas sobre su situación. En abril de 2023, el Grupo de Trabajo sobre la Detención Arbitraria emitió un dictamen considerado “histórico”, en el que se señalaba el carácter arbitrario de la detención de Asfari y del resto de miembros del grupo de Gdeim Izik. Tres años después, según denuncian las organizaciones saharauis, esas recomendaciones siguen sin aplicarse.

La Liga saharaui ha explicado que esta huelga de hambre busca “romper el silencio y la indiferencia sistemática” en torno a la situación de los presos políticos saharauis. En este sentido, subraya que la acción pretende llamar la atención de la comunidad internacional, en particular de Naciones Unidas y de los mecanismos encargados del seguimiento de estos casos.

Según la misma fuente, la decisión de recurrir a una huelga de hambre indefinida responde a la necesidad de hacer frente a una situación que califican de injusta e ilegal, y de recordar a las autoridades marroquíes su responsabilidad jurídica en la aplicación de las recomendaciones internacionales.

La organización ha reiterado su “solidaridad incondicional” con Naâma Asfari y ha expresado su apoyo a sus reivindicaciones, así como a las del resto de presos saharauis detenidos en cárceles marroquíes. Asimismo, ha advertido sobre los riesgos que esta acción puede suponer para su estado de salud, indicando que mantiene un contacto permanente con su familia.

El caso de Naâma Asfari se inscribe en la situación más amplia de los presos políticos saharauis, especialmente los del grupo de Gdeim Izik, cuya detención y condena han sido objeto de denuncias reiteradas por parte de organismos internacionales y organizaciones de derechos humanos.

Sáhara Occidental: los drones marroquíes en el centro de una nueva forma de guerra sin presencia terrestre

El uso de drones en el Sáhara Occidental se consolida como parte de una nueva forma de guerra sin presencia terrestre.

Por Carlos C. García

El uso de drones en el Sáhara Occidental no es un fenómeno aislado ni anecdótico. Forma parte de una evolución más amplia de los conflictos en el norte de África y el Sahel, donde la proyección de fuerza sin presencia terrestre se está consolidando como una herramienta central.

Un reciente análisis de Akram Kharief, publicado por Rosa Luxemburg Stiftung y analizado por NO TE OLVIDES DEL SAHARA OCCIDENTAL, sitúa el caso saharaui dentro de este patrón regional: ataques a distancia, identificación de objetivos desde el aire y ausencia de verificación independiente sobre el terreno.

Un escenario documentado: ataques y víctimas

Los datos más sistemáticos sobre el Sáhara Occidental proceden de la Oficina Saharaui de Coordinación de la Acción contra las Minas (SMACO). Según sus informes, desde la reanudación de las hostilidades en noviembre de 2020 se han documentado decenas de ataques con drones marroquíes contra civiles, con centenares de víctimas.

Algunas estimaciones hablan de más de 90 ataques y cerca de 300 víctimas civiles, incluidas aproximadamente un centenar de muertes.

Otros informes más recientes sitúan la cifra en más de 160 víctimas en ataques documentados en territorios al este del muro.

El perfil de las víctimas es relevante: comerciantes en rutas transfronterizas, mineros artesanales, pastores nómadas o transportistas. Es decir, población civil que opera en espacios de baja densidad institucional.

El factor clave: ausencia de control terrestre

El elemento que distingue el caso saharaui no es únicamente el uso de drones, sino el contexto en el que se emplean.

Al este del muro —una barrera militar de más de 2.700 kilómetros— Marruecos no dispone de presencia terrestre efectiva. Esto implica que la identificación de objetivos depende en gran medida de vigilancia aérea, sin verificación directa sobre el terreno.

Este patrón no es exclusivo del Sáhara Occidental. En Mali, por ejemplo, investigaciones de Naciones Unidas sobre el ataque de Bounti (2021) mostraron cómo la ausencia de tropas sobre el terreno condicionó la identificación del objetivo, con víctimas civiles documentadas.

Pero en el caso saharaui, esa ausencia es estructural, no puntual.

Drones y cambio de paradigma militar

Desde 2020, tras la ruptura del alto el fuego, el conflicto ha evolucionado hacia una guerra de baja intensidad marcada por el uso de drones, que ha reforzado la superioridad tecnológica marroquí.

Este cambio tiene implicaciones estratégicas:

  • Permite ataques en profundidad sin exposición de tropas
  • Amplía el radio de acción sobre zonas remotas
  • Reduce el coste político interno de las operaciones
  • Dificulta la atribución y la rendición de cuentas

En paralelo, Marruecos ha reforzado su capacidad militar mediante la adquisición de drones de distintos proveedores internacionales, integrándolos en su estrategia de control del territorio.

Impacto sobre el territorio y la población

Más allá de las cifras, los informes coinciden en señalar efectos estructurales:

  • Alteración de rutas comerciales y de movilidad
  • Riesgo creciente para actividades económicas como la minería artesanal
  • Desplazamiento de población en zonas próximas
  • Destrucción de vehículos, ganado e infraestructuras básicas

Según SMACO, los ataques han contribuido incluso a desplazamientos masivos de población y a la pérdida de medios de subsistencia en comunidades nómadas.

Este impacto no responde únicamente a operaciones militares puntuales, sino a una transformación del espacio en el que se desarrolla la vida civil.

Un patrón regional más amplio

El análisis de Kharief encuadra el caso saharaui dentro de una lógica común en el Sahel y el norte de África:

  • Uso de drones en zonas con débil presencia estatal
  • Identificación de objetivos basada en comportamiento observado desde el aire
  • Escasa o nula supervisión independiente
  • Dificultad para investigar ataques y establecer responsabilidades

En este contexto, el Sáhara Occidental aparece como uno de los casos más claros de aplicación continuada de este modelo.

Una dimensión poco visible del conflicto

El conflicto del Sáhara Occidental suele analizarse en términos diplomáticos o jurídicos: Naciones Unidas, resoluciones, procesos de negociación.

Sin embargo, sobre el terreno se consolida otra realidad: una dinámica militar en la que el control del espacio no se ejerce solo mediante presencia física, sino también a través de vigilancia y capacidad de ataque a distancia.

Esa dimensión, menos visible, es la que empieza a documentarse con mayor precisión en informes recientes.

Y es, probablemente, una de las claves para entender la evolución actual del conflicto.

Sáhara Occidental: Europa entre el derecho y los intereses – Francia y la Unión Europea

La Unión Europea y Francia mantienen una posición ambigua en el Sáhara Occidental, entre el respeto al derecho internacional y los intereses estratégicos en la región.

El papel de Francia y de la Unión Europea en el Sáhara Occidental refleja una tensión constante: el equilibrio entre el respeto al derecho internacional y los intereses políticos, económicos y estratégicos en el norte de África.

En el conflicto del Sáhara Occidental, Europa ocupa una posición singular. A diferencia de Estados Unidos, cuya actuación responde principalmente a criterios geopolíticos, la Unión Europea está formalmente vinculada a un marco jurídico que reconoce al territorio como pendiente de descolonización.

Sin embargo, esa base legal convive con una práctica política más ambigua. En el caso de Francia, su apoyo a Marruecos ha sido constante en el ámbito diplomático, especialmente en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, donde París ha actuado en numerosas ocasiones como un aliado clave de Rabat.

En el ámbito comunitario, la situación no es menos compleja. La Unión Europea ha tenido que adaptar sus acuerdos comerciales con Marruecos tras diversas sentencias del Tribunal de Justicia que excluyen explícitamente al Sáhara Occidental de dichos acuerdos. Estas decisiones han obligado a redefinir instrumentos jurídicos, evidenciando la tensión entre legalidad y práctica política.

Este equilibrio inestable se traduce en una posición europea que oscila entre el reconocimiento formal del marco jurídico internacional y la defensa de relaciones estratégicas con Marruecos. La política migratoria, la cooperación en materia de seguridad y los intereses económicos influyen directamente en esta postura.

El resultado es una ambigüedad estructural. Europa no puede ignorar el derecho internacional sin contradecir sus propios principios, pero tampoco parece dispuesta a adoptar una posición que altere sus equilibrios políticos en la región.

Europa no decide el conflicto, pero condiciona su evolución. La tensión entre derecho e intereses explica una posición que, más que resolver, contribuye a mantener el statu quo.

Marruecos, sucesión y continuidad: qué significa para el Sáhara Occidental

Un reciente análisis publicado por Africa Intelligence apunta a un elemento que suele permanecer fuera del foco mediático: la creciente implicación del príncipe heredero Moulay el-Hassan en la gestión de los asuntos del Estado marroquí. Más allá del interés por la evolución interna del régimen, esta cuestión abre una pregunta relevante en clave regional: ¿qué implica la continuidad del poder en Marruecos para el futuro del Sáhara Occidental?

👉 Leer más:
https://www.africaintelligence.fr/afrique-du-nord/2026/04/13/dans-l-ombre-du-roi-la-route-de-moulay-el-hassan-vers-le-trone,110701139-ge0

El texto describe un proceso cuidadosamente controlado por el entorno del rey Mohammed VI, en el que el heredero va asumiendo progresivamente visibilidad institucional y responsabilidades, sin que ello suponga una ruptura con el modelo político existente. La formación del príncipe, su exposición pública y la configuración de su entorno responden a una lógica clara: garantizar la continuidad del sistema.

Este punto es esencial. En Marruecos, las grandes orientaciones estratégicas no dependen únicamente de las personas, sino de una estructura de poder consolidada en torno a la monarquía. Y dentro de esa estructura, la cuestión del Sáhara Occidental ocupa un lugar central.

Desde esta perspectiva, la eventual transición entre Mohammed VI y su heredero no apunta a un cambio de fondo en la política marroquí respecto al territorio. El Sáhara no es un expediente diplomático más: es una doctrina de Estado, un eje de legitimidad interna y un elemento estructural de la política exterior del reino.

Por ello, cualquier lectura sobre el futuro del conflicto que se apoye en cambios personales corre el riesgo de simplificar en exceso la realidad. La continuidad institucional en Marruecos implica, previsiblemente, continuidad también en sus posiciones sobre el Sáhara Occidental.

Esto no significa que no puedan producirse ajustes en el estilo, en la comunicación o en la gestión diplomática. Pero el marco general —la defensa de la posición marroquí sobre el territorio— difícilmente se verá alterado por una transición dinástica.

En un momento en el que el Sáhara Occidental vuelve a situarse en el centro de ciertos movimientos internacionales, conviene tener en cuenta este factor de fondo: los cambios en la superficie no siempre implican cambios en la estructura.

Porque, en el caso de Marruecos, la política sobre el Sáhara no se hereda solo en el trono. Se mantiene en el sistema.

Sáhara Occidental, minerales y geopolítica: una hipótesis sobre el trasfondo del giro español

Un análisis examina la hipótesis de un posible intercambio estratégico entre España y Marruecos vinculado al Sáhara Occidental y los recursos submarinos.

Un análisis publicado recientemente por African Security Analysis plantea una lectura tan sugerente como controvertida sobre la evolución de la relación entre España y Marruecos en torno al Sáhara Occidental. Bajo el título “The Sahara for Seabed Transaction: Morocco–Spain Strategic Exchange Beneath the Atlantic”, el texto propone una hipótesis geopolítica que merece ser examinada con atención, aunque también con cautela.👉 Leer el artículo original:
https://www.africansecurityanalysis.com/reports/the-sahara-for-seabed-transaction-morocco-spain-strategic-exchange-beneath-the-atlantic

El núcleo del planteamiento es claro: el giro de España en 2022, al respaldar el plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental, no respondería únicamente a factores diplomáticos o políticos, sino que podría estar vinculado a un intercambio estratégico no formalizado. Según esta interpretación, Marruecos habría moderado su presión sobre la delimitación marítima en el entorno de Canarias, mientras España habría reforzado su apoyo político a Rabat en el dossier saharaui.

Conviene subrayarlo desde el inicio: no existe ninguna prueba pública que confirme la existencia de un acuerdo de este tipo. El propio análisis se mueve en el terreno de la interpretación estratégica, construida a partir de elementos reales pero combinados en una lectura que va más allá de los hechos verificables.

Entre esos elementos sí constatables figuran, por ejemplo, la aprobación por Marruecos en 2020 de leyes que amplían su zona económica exclusiva, el interés creciente por los recursos minerales del lecho marino —especialmente en áreas como el monte Tropic, rico en cobalto, telurio y tierras raras—, o el cambio de posición del Gobierno español en 2022 respecto al Sáhara Occidental. También es un hecho que la Unión Europea busca reducir su dependencia de materias primas estratégicas en un contexto global cada vez más competitivo.

A partir de estos datos, el análisis construye una hipótesis: que ambos países estarían operando sobre una lógica de intercambio implícito de intereses, en la que la cuestión del Sáhara Occidental y los recursos submarinos formarían parte de una misma ecuación estratégica. Una lógica que, según el texto, no podría formalizarse en un acuerdo público, pero que se reflejaría en comportamientos convergentes.

Sin embargo, este tipo de planteamientos exige una lectura prudente. La política internacional, especialmente en espacios tan complejos como el Magreb y el Atlántico nororiental, responde a múltiples factores simultáneos: seguridad, migración, energía, equilibrios regionales y relaciones bilaterales. Reducir estas dinámicas a un único intercambio, por coherente que pueda parecer sobre el papel, implica asumir un nivel de certeza que no se desprende de los hechos disponibles.

Más que una afirmación demostrada, estamos ante una hipótesis de trabajo que invita a reflexionar sobre una dimensión a menudo poco visible del conflicto del Sáhara Occidental: su inserción en las grandes dinámicas geopolíticas contemporáneas. El control de recursos estratégicos, la competencia por el acceso a materias primas críticas y la reconfiguración de alianzas en el entorno euroafricano forman parte de ese contexto.

En este sentido, el valor del análisis no reside tanto en la veracidad de la tesis que propone —que no puede darse por confirmada— como en la capacidad de abrir preguntas relevantes. ¿Hasta qué punto los recursos naturales condicionan las posiciones políticas en torno al Sáhara Occidental? ¿Qué papel juega la dimensión marítima en el equilibrio entre España y Marruecos? ¿Cómo se insertan estos elementos en la estrategia europea de autonomía estratégica?

El Sáhara Occidental sigue siendo, en esencia, un proceso de descolonización pendiente. Pero, al mismo tiempo, es también un espacio donde convergen intereses económicos, energéticos y geopolíticos de primer orden. Analizar estas intersecciones, incluso a partir de hipótesis discutibles, puede contribuir a comprender mejor la complejidad del momento actual.

Porque, en última instancia, entre los hechos y las interpretaciones, hay un terreno intermedio donde se construyen las lecturas estratégicas. Y es precisamente ahí donde conviene situar este tipo de análisis.

Sahel y Sáhara Occidental: Mali entre el apoyo a Marruecos y sus propias contradicciones

El apoyo de Mali a Marruecos sobre el Sáhara Occidental refleja intereses estratégicos y contradicciones en el contexto del Sahel.

En los últimos días, la decisión de Mali de retirar su reconocimiento a la República Saharaui y respaldar la posición marroquí sobre el Sáhara Occidental ha sido presentada como un movimiento diplomático más dentro del tablero africano. Sin embargo, una lectura más detenida permite entender que no se trata de un cambio ideológico, sino de un ajuste estratégico condicionado por factores geopolíticos, económicos y regionales.

Mali es un país sin salida al mar y, en el actual contexto de aislamiento regional tras su ruptura con la CEDEAO y el deterioro de sus relaciones con varios países vecinos, necesita alternativas para garantizar su acceso al comercio internacional. En este escenario, la iniciativa marroquí de conectar el Sahel con el Atlántico a través del puerto de Dajla adquiere un valor clave. No se trata solo de infraestructuras, sino de una dependencia potencial que, en la práctica, empuja a Bamako a alinearse con Rabat.

A esta dimensión económica se suma la variable política. Las tensiones con Argelia, tradicional aliado del Frente Polisario, han contribuido a reforzar este giro. Apoyar la posición marroquí en el Sáhara Occidental no solo acerca a Mali a un nuevo socio estratégico, sino que también supone un mensaje claro en el contexto de su confrontación con Argel.

Sin embargo, este movimiento plantea una contradicción difícil de ignorar. La junta militar maliense defiende con firmeza la integridad territorial frente a las reivindicaciones internas, como las del norte del país. Pero al mismo tiempo avala una posición que, en el caso del Sáhara Occidental, entra en conflicto con el principio de autodeterminación reconocido por Naciones Unidas. Esta doble vara de medir refleja una lógica de intereses que se impone sobre cualquier coherencia jurídica.

A ello se añade un elemento revelador. Un documento reciente de la embajada de Marruecos en Bamako anuncia la suspensión de los visados electrónicos para ciudadanos malienses a partir del 27 de abril. La medida, adoptada en paralelo a este acercamiento político, introduce una lectura adicional: la relación entre ambos países no se basa tanto en una apertura recíproca como en una lógica de control y gestión estratégica.

En este contexto, el apoyo de Mali a Marruecos no altera el fondo del conflicto del Sáhara Occidental, que sigue siendo un territorio pendiente de descolonización según Naciones Unidas. Pero sí refleja una tendencia más amplia: la progresiva incorporación del conflicto a dinámicas geopolíticas donde los intereses económicos, las alianzas regionales y la competencia por la influencia pesan más que los principios jurídicos.

En definitiva, más que un cambio estructural, lo que se observa es un reajuste de posiciones en un entorno cada vez más inestable. Y en ese escenario, el Sáhara Occidental vuelve a aparecer no como un problema resuelto, sino como un espacio donde se proyectan intereses que van mucho más allá del propio territorio.

Sáhara Occidental: la posición británica entre el apoyo político y el marco de la ONU

La reciente visita del ministro de Asuntos Exteriores marroquí a Londres ha permitido constatar un elemento que define la posición del Reino Unido respecto al Sáhara Occidental: la continuidad. Más que un cambio, lo que se observa es la consolidación de una línea ya marcada en 2025.

Durante su estancia en la capital británica, Nasser Bourita mantuvo encuentros con distintos responsables políticos. Fue en el marco de la reunión con la ministra Yvette Cooper donde se abordó explícitamente la cuestión del Sáhara, con una reafirmación del respaldo británico al plan de autonomía marroquí como base “creíble, viable y pragmática”.

Sin embargo, esta formulación no constituye una novedad. El Reino Unido ya había adoptado esta posición en el contexto del diálogo estratégico con Marruecos, alejándose de la ambigüedad que caracterizaba etapas anteriores.

El elemento relevante reside en el equilibrio que mantiene Londres. Junto a este respaldo político, el Reino Unido sigue insistiendo en que cualquier solución debe desarrollarse en el marco de Naciones Unidas. Una doble referencia que permite sostener una posición alineada con Marruecos sin desvincularse del proceso internacional.

Este enfoque refleja una estrategia más amplia. Como miembro permanente del Consejo de Seguridad, el Reino Unido combina su apoyo a uno de los actores del conflicto con la preservación del marco multilateral, evitando así un posicionamiento que pueda interpretarse como reconocimiento de soberanía.

Para Marruecos, este tipo de declaraciones tiene un valor diplomático evidente, especialmente en un momento en el que se intensifican los movimientos en torno a la revisión de la MINURSO. Para el proceso en sí, sin embargo, el efecto es más limitado: refuerza una narrativa, pero no introduce cambios sustanciales.

La conclusión es clara: la posición británica no ha cambiado, pero su reiteración en el contexto actual adquiere significado. No como avance, sino como parte de un equilibrio diplomático que sigue definiendo el desarrollo del conflicto.

Sahel y Sáhara Occidental: Argelia responde a la estrategia de Marruecos con el puerto de Djen Djen

Argelia impulsa el puerto de Djen Djen como alternativa a la estrategia marroquí en el Sahel, en un contexto marcado por la rivalidad regional y el conflicto del Sáhara Occidental.

En un contexto de creciente competencia regional, Argelia ha dado un nuevo paso para reforzar su influencia en el Sahel al anunciar la apertura del puerto de Djen Djen como puerta comercial para los países sin salida al mar de la región. La iniciativa se presenta como una alternativa a los proyectos impulsados por Marruecos en el frente atlántico africano, evidenciando la intensificación de la rivalidad estratégica entre ambos países.

La propuesta argelina, formulada en el marco de contactos diplomáticos con países del Sahel, busca consolidar una red logística basada en infraestructuras terrestres y marítimas que conecten el norte de África con el interior del continente. Entre los elementos clave se encuentran la ruta transahariana y los proyectos de interconexión, que Argel considera instrumentos para fortalecer su papel como actor económico y político en la región.

Este movimiento se produce en paralelo a la estrategia marroquí de ofrecer acceso al Atlántico a los países del Sahel, una iniciativa que ha sido bien recibida por varios gobiernos de la zona y que forma parte de una política más amplia de proyección africana por parte de Rabat. La competencia entre ambas propuestas refleja un cambio de escala en la rivalidad entre Marruecos y Argelia, que trasciende el plano bilateral para proyectarse sobre el conjunto del Sahel.

En este escenario, el Sáhara Occidental aparece como un elemento de fondo que condiciona estas dinámicas. Aunque no se mencione de forma explícita en todos los movimientos, el conflicto sigue influyendo en alianzas, reconocimientos diplomáticos y posicionamientos regionales. La retirada del reconocimiento de la República Saharaui por parte de algunos países del Sahel en los últimos años ilustra hasta qué punto estas relaciones están atravesadas por el conflicto.

La iniciativa del puerto de Djen Djen puede interpretarse así no solo como un proyecto económico, sino como una herramienta geopolítica destinada a equilibrar la creciente presencia de Marruecos en África occidental. Al mismo tiempo, refleja la voluntad de Argelia de recuperar protagonismo en una región donde su influencia ha sido cuestionada en los últimos años.

Más allá de los detalles concretos de cada proyecto, la tendencia es clara: el Sahel se consolida como un espacio clave en la rivalidad entre Marruecos y Argelia. Y en ese tablero, el Sáhara Occidental sigue siendo un elemento central, aunque a menudo implícito, de una disputa que combina infraestructuras, diplomacia y posicionamiento estratégico.

Universidades españolas y Sáhara Occidental: cuando el debate se rompe

Estudiantes saharauis denuncian expulsión en la Universidad de Zaragoza durante un acto vinculado al consulado marroquí sobre el Sáhara Occidental.

Lo ocurrido en la Facultad de Derecho de la Universidad de Zaragoza no debería despacharse como un incidente aislado. La expulsión de estudiantes saharauis que intentaban intervenir en una conferencia organizada con participación del consulado marroquí, acompañada de empujones y forcejeos, apunta a algo más profundo que un simple altercado puntual.

Según denuncian las organizaciones presentes, el conflicto se produjo en el momento en que intentaron cuestionar el contenido del acto. Es decir, cuando el supuesto espacio de debate dejó de ser un espacio controlado y pasó a convertirse en una discusión real. Fue entonces cuando se produjo la expulsión.

Ese detalle es importante. Porque desplaza el foco: no estamos solo ante un problema de orden, sino ante los límites efectivos del debate en determinados contextos.

En los últimos años, la presencia de iniciativas vinculadas a Marruecos en universidades españolas ha ido creciendo. Conferencias, colaboraciones institucionales o actividades académicas que, formalmente, se presentan como espacios de intercambio, pero que en la práctica generan una controversia recurrente. Para los colectivos solidarios con el pueblo saharaui, estos actos no son neutrales, sino parte de una estrategia de proyección política en espacios académicos.

Zaragoza encaja en ese patrón. No es el primer campus donde se plantean tensiones de este tipo, y probablemente no será el último. Lo que cambia en este caso es la visibilidad: la existencia de imágenes que muestran claramente el momento de la expulsión.

El fondo del asunto es conocido, aunque no siempre se formule con claridad. El Sáhara Occidental no es un tema académico más. Es un proceso de descolonización pendiente en Naciones Unidas, con implicaciones jurídicas y políticas que siguen abiertas. Cuando ese conflicto entra en la universidad, lo hace con todo su peso.

Por eso, lo relevante no es solo quién organiza el acto o qué se dice en él, sino qué margen existe para cuestionarlo. Cuando ese margen desaparece, el debate deja de ser tal.

La Universidad de Zaragoza no se ha pronunciado hasta el momento. Tampoco el consulado marroquí. Mientras tanto, lo ocurrido se suma a una serie de episodios que apuntan en la misma dirección: el Sáhara Occidental no solo sigue siendo un conflicto sin resolver, sino también un tema incómodo en determinados espacios.

Y quizá esa sea la clave. No lo que se dice sobre el Sáhara, sino lo que ocurre cuando alguien intenta discutirlo.


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Sáhara Occidental: la UE refuerza su alianza con Marruecos mientras mantiene el lenguaje de la legalidad internacional

La visita de la Alta Representante de la Unión Europea, Kaja Kallas, a Rabat y el comunicado conjunto con el ministro marroquí Nasser Bourita vuelven a evidenciar una contradicción que se repite en la política europea hacia el Sáhara Occidental: el refuerzo de la relación estratégica con Marruecos mientras se mantiene, al menos en el plano formal, el marco jurídico internacional de la descolonización.

El comunicado difundido por el Servicio Europeo de Acción Exterior subraya en primer lugar la “profundidad” y el carácter “estratégico” de la relación entre la Unión Europea y Marruecos, con la voluntad explícita de elevarla a un nuevo nivel mediante una futura “Asociación Estratégica e Integral”. Este refuerzo político, económico y en materia de seguridad sitúa a Marruecos como un socio prioritario en el espacio euro-mediterráneo, en un contexto marcado por tensiones regionales y por la creciente competencia geopolítica.

Sin embargo, es en el apartado dedicado al Sáhara Occidental donde emerge una ambigüedad que no es nueva, pero que resulta cada vez más visible. La Unión Europea reafirma su apoyo al proceso liderado por Naciones Unidas y a la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad, insistiendo en la necesidad de una “solución justa, duradera y mutuamente aceptable” que contemple la autodeterminación del pueblo saharaui. Al mismo tiempo, introduce como “base” de las negociaciones la propuesta de autonomía presentada por Marruecos.

Este doble lenguaje —jurídico por un lado, político por otro— refleja una línea de equilibrio que la UE mantiene desde hace años, pero que plantea interrogantes. Por una parte, el Sáhara Occidental sigue siendo considerado por Naciones Unidas un territorio pendiente de descolonización. Por otra, la creciente centralidad de la propuesta marroquí en el discurso europeo desplaza progresivamente otras opciones, especialmente la del referéndum de autodeterminación contemplado en el mandato original de la MINURSO.

El comunicado va más allá de una simple referencia diplomática. La UE “acoge con satisfacción” la disposición de Marruecos a dialogar sobre su plan de autonomía y se muestra dispuesta a facilitar consultas en ese marco. En la práctica, esto supone otorgar un peso político creciente a una propuesta que no ha sido aceptada por la otra parte del conflicto, el Frente Polisario, reconocido por Naciones Unidas como representante del pueblo saharaui.

Este posicionamiento se produce, además, en paralelo a un refuerzo general de la cooperación con Marruecos en ámbitos clave como la seguridad, la migración o la estabilidad regional. La cuestión del Sáhara Occidental aparece así integrada en una lógica más amplia, donde los equilibrios estratégicos parecen ganar terreno frente a las consideraciones estrictamente jurídicas.

La consecuencia es una tensión de fondo que atraviesa toda la política europea en este dossier: la afirmación del respeto al derecho internacional y al mismo tiempo la adaptación progresiva a una realidad política que favorece a Marruecos. Una tensión que no resuelve el conflicto, pero que contribuye a redefinir los términos en los que se presenta en el escenario internacional.

Fuente: Joint Communiqué following the visit of High Representative/Vice-President Kaja Kallas with Minister of Foreign Affairs Nasser Bourita to Rabat